Siguenos en :

Palabras de Cardenal Porras, Arzobispo Metropolitano de Caracas, Orador de Orden en la Sesión Solemne del Concejo Municipal de Baruta del Día Nacional del Cronista

Comienzo felicitando a la Cámara edilicia del Municipio Baruta por celebrar cada año el día nacional del cronista y conceder reconocimientos a quienes con denuedo y pasión recogen la cotidianidad para recrear la imaginación y proyectarla hacia el futuro deseado. Enrique Bernardo Núñez, nuestro epónimo le confirió el valor a la crónica con su pluma y testimonio como parte de la identidad de un pueblo. Él comprendió que un pueblo sin anales, sin memoria, sufre una especie de muerte. Afirmó que «por carecer de una política fundada en la historia de nuestro país, no es hoy lo que debiera ser».

La aceleración del tiempo, característica de la cultura mundial actual, no tiene sentido ni arraigo por el pasado, ni piensa en el futuro. Se vive preso de un presente sin referentes como una veleta a merced del viento. Es un gran riesgo porque se camina sin brújula, sin norte, sin valores espirituales bien arraigados, sin esperanzas que trasciendan el tiempo y alimenten la esperanza que hay que construir, a veces, penosamente, otras, con la alegría del despertar sueños realizables en nuestras comunidades.

La dura pero apasionante labor del cronista es el alma invisible de su pueblo. He tenido la dicha de compartir con buen número de cronistas de nuestras ciudades y pueblos. He aprendido mucho de todos ellos. La mayoría sin recursos materiales, siempre exiguos en los presupuestos oficiales, horadan las piedras para convertirlas en cantos que emocionan como lo recuerda el pasaje bíblico. Sin esas hojitas sueltas, folletos impresos en medios caseros, pero con la mente en alto para dar a conocer a propios y extraños las bondades de sus comunidades, o para denunciar con dolor y pasión el descuido por el patrimonio local, no tendría razón de ser del oficio, mejor vocación, de cronista.

Cervantes en su inmortal obra del Quijote, es faro que ilumina el quehacer de los cronistas. Con esa mirada aguda y satírica que lo lanzó al estrellato de las letras universales, afirmó que “nuestras almas, como tú bien sabes y como aquí me han enseñado, siempre están en continuo movimiento y no pueden parar sino en Dios, como en su centro. En esta vida los deseos son infinitos y unos se encadenan de otros y se eslabonan y van formando una cadena que tal vez llega al cielo y tal se sume en el infierno”. Don Quijote es deconstrucción, ya que se atreve a soñar y tener un ideal en un mundo insomne y robotizado. Con razón afirmó: «La virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos».

Me atrevo a afirmar, aunque parezca pedantería que nuestros cronistas son unos verdaderos quijotes. Soñadores, sujetos a las envidias y molestias de quienes quedan al descubierto, pero conscientes de que “al bien hacer jamás le falta premio”. No hay que desmayar pues la paciencia y la constancia todo lo pueden decía Santa Teresa de Jesús. Por eso logró lo que parecía imposible en su tiempo.

En los años recientes ANCOV, la Asociación Nacional de Cronistas Oficiales de Venezuela ha tratado de defender la defenestración que pretenden imponer que sean parte del gobierno de turno. Es una aberración. Ser cronista es un oficio independiente, autónomo, molesto e incómodo a los intereses, económicos, sociales o políticos de los poderosos y de los que añoran sin más la defensa de los logros de su grupo. No se puede confundir la oficina del cronista con el despacho de prensa o de medios de la institución, encargada de la publicidad de sus superiores. Necesitamos hombres y mujeres libres de ataduras, que como todo humano se pueden equivocar, pero provocan la discusión, el discernimiento útil para que tengamos referentes tangibles e intangibles que enriquezcan la identidad integral de nuestras comunidades.

La tentación de quienes ejercen el poder es desconocer el pasado y venderse como los auténticos constructores de la felicidad, que, según ellos, es ahora cuando comienza el progreso y el bienestar. La historia nos demuestra con creces que no es así. El pasado no pasa en vano, deja su huella, mejor o peor, e incide en las generaciones siguientes. Sirva un ejemplo. Pensar que con borrar las huellas del pasado desaparecen los males es una quimera. Las cárceles en Venezuela han sido siempre, lamentablemente, antros inhumanos. Derribar La Rotunda, Guasina, las mazmorras de la Seguridad Nacional o el Retén de Catia, no significa que desparece la política carcelaria ajena a la dignidad humana. Al contrario, más sofisticada e insensible, se construyen nuevos centros de reclusión en condiciones peores. Mejor sería que quedaran en pie y sirvieran de ejemplo a toda la ciudadanía para que los gobernantes no caigan en el mismo infierno que construyeron sus antecesores. Los campos de concentración o las mazmorras de la Gestapo permanecen en pie para que nos sirvan de ejemplo de lo que no debe volver a ser, aunque estamos asistiendo a un retroceso cultural y moral preocupante.

Los cronistas son, deben ser, «Hombres y mujeres enamorados de su terruño, vigías de lo mejor de sus pueblos, con pasión que va más allá de la retribución de diversa índole que le deben los ciudadanos». En mis largos años de cronista he disfrutado de la amistad y del testimonio de hombres y mujeres enamorados de su querencia local. En la mayor parte de los casos, con recursos mínimos, pero con constancia y paciencia, luchan por lo que es, debe ser, el orgullo de un colectivo. Las virtudes y méritos, los yerros y adefesios, para que lo más genuino se mantenga, se corrijan los errores o carencias y enriquezca con el aporte de las nuevas generaciones a la cultura del pueblo.

Ser cronista es un cargo, un oficio, una vocación que tiene un régimen especial. Es vitalicio, no está al servicio de las autoridades de turno. Su misión tiene como primer objetivo, la comunidad, sus anhelos y realizaciones. El centro de su interés es la periferia, es decir, la gente y no cualquiera de los poderes que quiere imponer su parecer. Oigamos la palabra del Papa Francisco que nos recuerda que la mejor imagen de una sociedad no es el círculo sino el poliedro. El centro no es el poder sino la periferia. No son los cultores ni los propagandistas de la institución, sino los celosos vigilantes de la historia menuda, la pequeña, que es la que construye la grande, la que hay que cribar entre los aduladores a sueldo y los que, por ideología o intereses bastardos, populistas, la desfiguran.

Los cronistas son, de alguna manera, el termómetro para medir la capacidad de tolerancia de una sociedad a la libertad como virtud ciudadana y democrática. Sin disidencia no hay progreso posible porque son más los aduladores que los que se atreven a presentar alternativas. Que el miedo no paralice este noble oficio y que sea ejercido con prudencia, humor y respeto por todos.

Permítanme concluir con una simpática anécdota de uno de nuestro más connotados costumbristas, Francisco de Sales Pérez. En su obra “las noticias” el relato de la cotidianidad con humor emerge la crítica y la denuncia del tiempo en el que vive pero con el anhelo de cambio para sí y sus coterráneos. A través de la crónica, de la cotidianidad, se reflejan los problemas de la sociedad y se recoge el deseo y el ideal de una sociedad en la se logre la transformación de los vicios en virtudes ciudadanas.

Francisco de Sales Pérez, con desparpajo escribió “La noticia para que sea buena ha de ser contraria al gobierno: si es ministerial y se publica por bando, no tiene ningún interés”. Una de las tantas veces que estuvo detenido por criticar al gobierno logró ser puesto en libertad por solicitud de sus muchos amigos ante la autoridad. Pero no se podía contener. Estando presente Guzmán Blanco en una cena tomó la palabra y en sus manos una manzana con la que fue a parar de nuevo a la cárcel al decir: “por una cual la presente perdió el paraíso Adán, si hubiera sido Guzmán se roba hasta la serpiente”.

Que los anhelos de verdad y transparencia no disminuyan la peligrosa vocación de cronista. Con pasión y prudencia, sigan siendo, queridos cronistas, la voz de los sin voz, la conciencia viva de las pequeñas realidades de nuestras comunidades para alegría y esperanza de todos. Un gran abrazo y que Dios los bendiga.

Centro Cultural Santa Fe, Baruta, 21 de mayo de 2024.