
Primero: en campo de oro, una montaña acompañada a sus pies de un bosque, todo de sinople y terrazado de lo mismo.
Segundo: en campo de gules, un castillo de plata aclarado de sable, sobre ondas de azur y plata.
Tercero: en campo de azur, en alto, Jesucristo resucitado y, debajo, el anagrama de la Virgen María de oro.
Acolado, un astil con cruz procesional doble de oro con piedras preciosas. Al timbre, de sinople, un sombrero de arzobispo adornado con sus cordones entrelazados y distribuidos en diez nudos y borlas por lado.
Por lema: en una cinta de oro, en letras de sable Testigo de su resurrección.
SIMBOLOGÍA / ELEMENTOS DEL ESCUDO
PRIMERO: Por una parte, el conjunto de la montaña y su bosque simboliza el lugar de nacimiento del arzobispo, San Antonio de Los Altos, que entre sus verdes y neblinas fue asiento de la familia Biord en Venezuela. Especialmente, el bosque hace alusión a San Juan Bosco, fundador de la familia espiritual donde se ha formado el arzobispo. La Montaña representa también al Cerro El Ávila, uno de los símbolos de la ciudad de Caracas. En su cima puede apreciarse la figura del Hotel Humboldt, desde el cual es posible divisar tanto el Valle de Caracas como el puerto de la Guaira, anterior sede episcopal de Monseñor Biord Castillo.
SEGUNDO: El castillo rememora el blasón tradicional de la familia Castillo, que Dios ha querido bendecir con tres prelados salesianos, que han sido, además del arzobispo Biord Castillo, Mons. Lucas Guillermo Castillo Hernández y S.E. Mons. Rosalio José cardenal Castillo Lara. Igualmente alude al Fuerte de San Carlos, símbolo de La Guaira, la antigua sede episcopal de Mons. Biord Castillo, que desde tiempos coloniales protege su puerto enclavado entre las altas montañas de la Cordillera de la Costa y el mar. El Fuerte es testigo de tantas batallas por la libertad de Venezuela, expediciones y sueños de libertad entre sus rocosas paredes.
Las ondas de azur y plata representan el lago de Galilea donde el Resucitado invitó a navegar mar adentro, a echar las redes, confirmó la fe y el amor de Pedro, perdonó su traición, le encomendó cuidar a sus ovejas y, con su “Sígueme”, le renovó la vocación (cf. Jn 21, 1-19). También hacen referencia al Mar Caribe que baña las playas venezolanas y rodea sus islas.
TERCERO: En alto Jesús Resucitado que asciende al cielo en color azur (azul), imagen de la santidad juvenil; una vida liberada del pecado y regenerada por el Resucitado, llena de alegría y de luz. La imagen representa el cuadro del pintor Crida que adorna la pared detrás del altar de la llamada “capilla Pinardi”, lugar donde san Juan Bosco inició su Oratorio en la Pascua de 1846 en Turín. “Éste es el día que hizo Señor, exultemos y alegrémonos en él”.
En oro (amarillo) el anagrama de la Virgen María, primera discípula misionera, que acompañó a su Hijo al pie de la cruz y perseveró con los apóstoles en la espera del Espíritu Santo, y en el tiempo de la Iglesia la ayuda con su maternal bendición como Auxiliadora del pueblo. Los bisabuelos del arzobispo, don Manuel Castillo Arteaga y doña Ana Dolores Hernández de Castillo, construyeron la primera capilla a María Auxiliadora en Venezuela, en la población de Güiripa, Estado Aragua.
LOS ADORNOS EXTERIORES
La cruz procesional doble y el sombrero de arzobispo, como elementos externos son utilizados como ornamento exterior y superior del timbre.
La cruz procesional, sobre la que se apoya el escudo, es una cruz de oro, que tiene incrustados cinco zafiros azules y varias gemas rojas, que recuerdan las cinco heridas que recibió Jesús en la cruz y la sangre que éstas derramaron. Estas marcas identifican al Crucificado-Resucitado, que dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27).
Los cinco zafiros recuerdan igualmente el encendido del cirio pascual en la madre de las Vigilias, la noche más santa entre todas las noches, cuando el sacerdote marca unas señales en el cirio mientras dice “Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega; suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. Y al incrustar los cinco granos de incienso, las palabras de hacen imploración para que la luz de Cristo Resucitado disipe las tinieblas del corazón y del espíritu: “Por sus llagas santas y gloriosas nos proteja y nos guarde Jesucristo Nuestro Señor”.
El sombrero de arzobispo es bajo, plano, de ala ancha, y de cada lado penden cordones y diez borlas dispuestas respectivamente en cuatro filas de una, dos, tres y cuatro. El color verde indica su condición episcopal.
LEMA
Como lema episcopal, Monseñor Raúl Biord Castillo ha elegido la expresión “Testigo de su resurrección” (Hch 1,22). Se trata del criterio principal para ser agregado al colegio de los Doce, elegidos como apóstoles y enviados como discípulos-misioneros para anunciar el Evangelio. Es la característica de todo bautizado: mensajeros de la resurrección, anunciadores de la vida, profetas de esperanza.
La fe en la resurrección de Jesús funda y renueva constantemente el testimonio cristiano. El contenido del kerygma, del anuncio, es Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros. Aquí radica la esencia del mensaje del Evangelio (1Cor 15,3-5). La resurrección de Jesús realizada por el Padre en el Espíritu es el misterio fundamental del cristianismo, el cumplimiento sobreabundante de todas las profecías de salvación, la plenitud definitiva del amor de Dios que se autocomunica y revela a los hombres. Jesús resucitado comunica el Espíritu Santo a sus discípulos y los envía como misioneros del amor y de la esperanza (cf. Jn 20,21-23; Mt 28,19-20). El misterio pascual nos permite contemplar con la misma mirada a Cristo y a la Iglesia, al Resucitado y a los resucitados, a la Primicia y al campo de Dios, a la Piedra angular y a las piedras vivas (cf. 1 P 2, 4-8).
Todo cristiano, en virtud de su bautismo, está llamado a ser “testigo de la resurrección” (LG 38), esto es discípulo y misionero de la vida, testigos elegidos y responsables de una revelación que anuncia la salvación a todos los hombres. “Testigos de Jesús resucitado”: quiere decir que el testigo es “de” Jesús resucitado, o sea, que pertenece a Él, y en cuanto tal puede dar un testimonio eficaz de Él, puede hablar de Él, darlo a conocer, transmitir su presencia: llevarlo a Él. Ser ante el mundo testigos de la resurrección y de la vida del Señor Jesús; signos del amor de Dios vivo; fuerza del Espíritu que infunde vida y paz. Nosotros somos hoy los herederos de los testigos victoriosos, santos y mártires, que han transmitido la certeza de la fe en la resurrección: sólo Cristo puede colmar plenamente las expectativas profundas de todo corazón humano y responder a los interrogantes sobre el dolor, la injusticia, el mal, la muerte y el más allá.
Como “testigos” debemos estar siempre dispuestos a asumir el compromiso de dar a todos razón de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1P 3,15). Somos testigos de la resurrección para anunciar con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y la resurrección de Cristo: centro del cristianismo; fundamento de nuestra fe; palanca poderosa de nuestras certezas; viento impetuoso que barre todo miedo, duda e indecisión; grito de alegría y compromiso por la vida y la justicia. Testigos de su resurrección significa ser misioneros amor, del perdón y del servicio.
Este escudo de armas fue blasonado por el Dr. Adalberto Urbina Briceño, profesor jefe de la cátedra de Derecho Internacional Público en la Universidad Católica Andrés Bello y profesor de Derecho Romano en la Universidad Central de Venezuela, Académico de Número de la Academia de Estudios Genealógicos y Heráldicos de México.