Mons. Jesús González de Zárate sobre Francisco: la iglesia llora la partida de quien presidió en la caridad

A continuación compartimos la homilía de Monseñor Jesús González de Zárate, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, durante la misa que se celebró el lunes 5 de mayo, en la Catedral de Caracas, en el marco del último día del novenario del papa Francisco.

Queridos hermanos y hermanas:
El pasado lunes 21 cuando apenas alboreaba el día, y estaban frescos aún los ecos de la Buena Noticia de la Pascua, ¡Cristo ha resucitado, en verdad resucitó!, el mundo conoció la triste notica del fallecimiento del Papa Francisco. Pocas horas antes, como si fuera la despedida de quien permanece con la mano en el arado hasta el último momento de su vida, el Papa Francisco desde el balcón central de la Basílica de San Pedro realizaba la bendición Urbi et orbi, y recorría la plaza saludando a la multitud de personas congregadas para ese acto.
La Iglesia y el mundo llora la partida de quien, como Sucesor del apóstol Pedro, presidió en la caridad a la Iglesia universal por más de doce años, y agradece a Dios sus grandes y pequeños gestos de atención pastoral y su magisterio de gran profundidad y alcance evangelizador. Lo llora Venezuela, siempre tan cercana al corazón del Papa Francisco y motivo permanente de su oración, quien agradece su contante preocupación por la vida de nuestra patria, y el regalo de la canonización del Dr. José G. Hernández y Madre Carmen Rendiles.
Hoy, gracias a la invitación de Mons. Raúl Biord, nos reunimos en oración y guiados por la Palabra de Dios para elevar oraciones por él y recordar su precioso legado, varios obispos de Venezuela que realizaremos mañana una Asamblea Extraordinaria.

Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo.

Como discípulo y servidor del Resucitado, Esteban hablaba con una sabiduría incontestable para su adversario. A pesar de la persecución y las mentiras que se alzaban contra él, conservaba la fortaleza, y la apariencia – la de un ángel- que le otorgaba una fuerza interior que lo sostiene en el trance difícil por el que están pasando. Su sabiduría, no es la de los hombres, sino la de saber que Jesucristo triunfó sobre el pecado y la muerte. Que Jesucristo está verdaderamente vivo. De otro modo, su predicación estaría vacía (Cf. 1 Co 15,14).
Como afirmaba el Papa Francisco: “Eso también sucede hoy”. Y por eso nos invitaba a descubrirlo, a vivirlo. A reconocer que Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y que no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda a nosotros hoy.
Como él nos enseñó “Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto (y a veces también nosotros tenemos la tentación de pensar así), por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador (también nosotros) es un instrumento de ese dinamismo” (cf. EG 276).
Por eso nos invitaba con palabra segura: “Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano (EG 278).

Dichosos los que caminan en la ley del Señor

El salmo responsorial (18,23-30) nos ha invitado a asumir su ley, que para nosotros los cristianos se resumen en el amor. Con frecuencia hemos escuchado decir que la misericordia del Señor es eterna (Sal 117).
La misericordia es un tema central en el magisterio del Papa Francisco. Así lo expresa su lema episcopal que constituye todo un programa de su vida y de su ministerio pastoral, «miserando atque eligendo», esto es «habiendo tenido misericordia de él y lo eligió». Por eso llevó adelante iniciativas tan significativas
como el año santo de la Misericordia celebrado a partir del 8 de diciembre de 2015.
En la Bula de convocatoria de ese jubileo Misericordiae vultus afirmaba el Papa Francisco: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra… Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios” (n. 1).
E insistía: “siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (n.2).
Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. … La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino.

Del amor misericordioso y compasivo. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo.

Como no recordar hoy su “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EN 49).
La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado El pasaje del evangelio de San Juan que hemos escuchado (6,22-29) nos dice que hoy como ayer, son muchos los que buscan a Jesús. Algunos lo buscan pensando en milagros, que les solucione los problemas, que les de comer. A ellos habría que
recordarles, como lo hace el Evangelio, que lo importante es trabajar por alimento que perdura hasta la vida eterna y solo podrán encontrar ese alimento, si no hay quien lo presente. Como diría el apóstol ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que
anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas (Rom 10,14-17).
Por eso el Papa Francisco, nos invitó a ser una Iglesia en “salida”. A asumir los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia.
Como decía el Papa Francisco, cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cf. EG 20).
La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es siempre una alegría misionera (cf. EG 21), ya que esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado y está dando fruto.
Y, por eso nos enseñó el Papa Francisco que “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (EG 23).
Por eso nos invitó a “primerear” a saber adelantarnos, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. A experimentar un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. A involucrarnos, a meternos de lleno con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, para achicar distancias, para tocar la carne sufriente de Cristo en el pueblo.
Por eso nos invitaba a todos los evangelizadores, y especialmente a los pastores del Pueblo de Dios, a tener “olor a oveja”, a acompañar a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. A conocer de esperas largas y de aguante apostólico.
Queda ante nosotros como un legado, y un desafío siempre actual su: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.
Este es el día del triunfo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Queridos hermanos y hermanas: A lo largo de estas semanas hemos cantado la victoria del Señor, fuente de la alegría y gozo que permanecen. En la confianza en ese triunfo, elevemos nuestras plegarias al Señor por el Papa Francisco. Y encomendemos a la maternal intercesión de la Virgen María, la que ruega por nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte” al Pastor fiel y solícito, cuyos restos mortales, desde hoy,
descansarán hasta la hora del juicio definitivo, junto a su altar. Amén