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Crónica desde el Ávila: Quinto centenario de San Benito de Palermo

Por Cardenal Baltazar Porras

Una de las devociones más extendidas en el occidente venezolano es la que se le rinde a San Benito de Palermo, llamado también el africano, el moro o el negro. Hace quinientos años, entre 1524 y 1526 nació en la localidad de San Fratello cercana al puerto de Palermo en Sicilia, una de las islas que conforman hoy día la nación italiana. Hijo de esclavos etíopes, de allí su color, era una pareja cristiana honesta y trabajadora por lo que su dueño los premió ofreciéndoles que el hijo que tuvieran sería libre, por eso el nombre de Benito (=bendito, bendecido) y el apellido Manasseri de la familia italiana que le dio el ser libre y no esclavo.

Se ganó la vida como pastor con habilidades para una serie de oficios como jardinero, cocinero, barbero con la connotación sanitaria de dicho oficio en aquellos tiempos. Desde joven sintió inclinación a la vida religiosa y formó parte de un grupo de ermitaños que seguían la regla de San Francisco. Ingresó en el convento franciscano de Santa María de Palermo. Su falta de estudios le impidió acceder al sacerdocio y permaneció como hermano lego.

Encargado de los oficios manuales se distinguió por su piedad, humildad y servicio a los pobres. La virtud fue superior a su analfabetismo y, curiosa y raramente, llegó a ser nombrado prior del convento sin ser sacerdote y maestro de novicios, testimonio de su radiante santidad. Se le atribuyen varios milagros en vida pues, entre otros, sacó a muchos del vicio del licor. De allí la costumbre de regar sus pies con la botella de licor que dejaban los que superaban esta enfermedad. Fue también consejero de las autoridades virreinales y gente importante de Palermo. Años más tarde, fue nombrado copatrono de la ciudad por las autoridades civiles, digno de resaltar pues tuvo lugar en tiempos en los que el racismo tenía fuerza, junto a Santa Rosalía, de piel blanca y raigambre noble.

El largo proceso de beatificación según la nueva ley tridentina culminó con la declaración de beato por el Papa Benedicto XIV en 1743, y canonizado por el Papa Pío VII en 1807 poco antes del inicio del proceso de independencia del continente. Se convirtió en el primer santo negro canonizado, los anteriores de su color, son de los tiempos pretridentinos.La devoción a San Benito de Palermo en España y en América Latina es un enigma, pues procediendo de una orden religiosa que no teniendo casas en nuestro continente su culto se remonta a tiempos anteriores a su elevación a santo universal, pues según la normativa canónica no podía rendírsele culto fuera de su lugar de origen. En la costa uruguaya existe una capilla al “santo” negro cuando todavía era beato. Principalmente en enclaves de población afroamericana perdura la tradición devocional en Nicaragua, Guatemala, Panamá, República Dominicana, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Uruguay y Brasil, y en varios lugares de África.

En el occidente venezolano, en torno al Lago de Maracaibo, a la llegada de Fray Juan Ramos de Lora a la ciudad lacustre en 1784, uno de los homenajes que le rindieron al primer obispo estuvo a cargo de la cofradía de San Benito. La tradición surlaguense es la más conocida en nuestra patria, con los famosos chimbangueles que con sus tambores y danzas lo veneran a fines de diciembre y en enero. No se tienen fuentes documentales del paso del culto a San Benito de las tierras calientes zulianas y trujillanas a la montaña andina. Curiosamente, en los páramos la presencia de población negra era inexistente, sin embargo arraigó su culto en dos tradiciones muy bellas: los trabuqueros de Mucuchíes y su zona de influencia, y la de Timotes, también extensiva a los pueblos circunvecinos con el colorido de los giros y giras. Las cofradías de San Benito tienen gran arraigo y difusión. Las fiestas tienen lugar a fines de diciembre y durante todo el mes de enero.

En los páramos la devoción al santo negro no es algo marginal, sino que forma parte de la vida cotidiana a lo largo de todo el año. El estudio histórico, antropológico y etnológico más relevante ha sido el arduo trabajo de más de diez años que culminó en la tesis doctoral “San Benito y la identidad cultural andina”, con la máxima calificación y mención publicación, para obtener el título de doctora en antropología de la Profesora Ana Hilda Duque, a la sazón directora del Archivo y Museo Arquidiocesano de Mérida. Ha sido catalogado como un aporte valioso para entender mejor el valor de la religiosidad popular de un pueblo que “convive” con el santo como uno más de su tierra. Las cofradías cuentan con numerosos miembros, con estatutos rigurosos para su admisión y ejercer cargos. Tanto la Orden como los estudiosos universitarios de Sicilia han manifestado el aprecio a este trabajo que profundiza en la vinculación de la vida cotidiana con la confesión de la fe cristiana de manera alegre, festiva y exigente en su servicio social a sus miembros y a la comunidad.

Es concorde la tesis de la Dra. Duque con lo expresado por el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue trasmitiendo…en el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el Espíritu Santo despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita…en la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo” (n. 122-126).

En ocasión de este quinto centenario el Padre Fernando Trupia, franciscano de Palermo, visitará varios países de América Latina para celebrar con las comunidades devotas del franciscano moro, la fuerza de la fe popular viva y actuante en el mundo de hoy.